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Mimétisme


La ambivalencia del azar

La lotería en Babilonia, cuento de Jorge Luis Borges incluido en Ficciones, expone, bajo el aspecto de una alegoría, una fascinante reflexión sobre los juegos de azar y sobre la ambigüedad entre la voluntad de control por una parte, y la sumisión a una regla del juego cambiante por otra. La ambigüedad reside en el siguiente hecho: el juego no llega a ser nunca ni completamente azaroso ni completamente controlado, y los diferentes actores que participan en él (los babilonios y la Compañía) provocan intencionadamente cadenas de errores cuyas consecuencias son inciertas. El juego oscila así entre la categoría simultánea (los jugadores no disponen de ninguna información sobre los otros jugadores) y la secuencial (los jugadores disponen de ciertas informaciones), sin pertenecer obviamente a una u otra categoría. Paradójicamente, esta ambivalencia no suprime el juego, sino que lo reafirma y conduce a su expansión. El relato explica las razones que hacen que esto ocurra.
Mientras espera para embarcar en un navío, un narrador del que no se conocerá ni el nombre, describe (¿a quién?) el juego que ha impregnado las costumbres y cambiado la vida de los habitantes de Babilonia.

Al comienzo se trata de un simple sorteo en el que se puede ganar dinero, pero con el paso del tiempo el interés creciente de los babilonios por la lotería provoca una lenta modificación de las reglas del juego. Primero se introducen premios negativos, que son en realidad castigos, y con frecuencia la lotería se convierte en una cuestión de vida o de muerte. Esta alternativa más peligrosa resulta más excitante para el jugador que la mera posibilidad de ganar o perder el dinero apostado.



“Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó, como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado”



Más tarde, en el transcurso de una nueva fase lúdica, aparecen recompensas insospechadas o absurdas que dependen de la interpolación del azar. Así, el jugador (que juega sin darse cuenta, porque la empresa que controla la lotería en Babilonia, llamada la Compañía, ha decidido que los sorteos sean generales, gratuitos y secretos) participa en una cadena de azares cuyo resultado ha sido previsto por la Compañía pero que él mismo ignora. En su última fase, los azares y las reglas del juego se confunden con los de la vida cotidiana: la existencia misma de la Compañía es puesta en duda, nadie está ya seguro de que siga habiendo sorteos, aunque una cierta creencia persiste, y todo el mundo introduce voluntariamente errores, como si cada babilonio intentara ponerse en el lugar de la Compañía, tomar su relevo e imitar su poder de interpolación y de control del azar. Esta permeabilidad entre los jugadores y la Compañía permite y alienta el desarrollo de la lotería como actividad única de los babilonios.

La Compañía es una entidad legendaria y rodeada de misterios, a la que nadie conoce pero a la que todos creen todopoderosa y omnisciente; puede tratarse de una visión de un estado totalitario, de una secta, de un poder absoluto que impone las reglas de funcionamiento de manera arbitraria. La breve alusión a la obra de Kafka es una de las pistas dadas de antemano. Si bien carece de imagen humana, la compañía posee en cambio una dimensión arquitectural, evocando con frecuencia la imagen del laberinto, motivo borgiano por excelencia. Todo esto contribuye a dar la imagen de una autoridad opresora a la que nadie puede oponerse, a construir una anti utopía, en contradicción con el principio de seducción evocado previamente.


“La Compañía, con su discreción habitual, no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo.”


La idea de un complot desarrollada en la segunda fase del juego y la ubicuidad de una entidad difícilmente representable crean una atmósfera ambigua en la cual todo puede tener un doble o múltiple sentido y que excluye la cooperación y las coaliciones entre jugadores. La creencia en un plan secreto (así como la ausencia de certitud) que opera una modificación de las reglas en cualquier momento induce cambios en el comportamiento de los jugadores que se manifiestan así: el jugador introducirá errores expresamente, creyendo así perturbar los proyectos de la compañía. En realidad perturbará los proyectos de los otros jugadores que, inconscientes del origen del error, seguirán creyendo en el poder absoluto de la compañía y seguirán obedeciendo órdenes que en realidad nadie ha dado. El círculo vicioso así obtenido asegura la continuidad infinita de la lotería y su expansión en todos los contextos de la vida gracias a la falta de información, que acaba siendo el elemento principal en las tres fases del juego.

“Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad.” (1)

Como los objetos imposibles, como el disco de una sola cara y el libro de arena, Borges desarrolla los principios de un juego paradójico, que se expande infinitamente y que acaba en un callejón sin salida, en una variación sobre el libre albedrío. La evolución del juego que propone La Lotería de Babilonia se sitúa en el límite de la “regla de los partidos” (o del reparto de las ganancias de un juego interrumpido) desarrollada por Blaise Pascal, que en su obra utiliza la expresión “azar” para designar la probabilidad. En el relato de Borges la incertitud aceptada u obligatoria asegura la continuación del juego en un esquema desequilibrado en el que nadie sabe nada y en el que consecuentemente ninguna decisión es realmente libre. Según Pascal, en cambio, es necesario aceptar la incertitud para lograr un equilibrio justo y libremente decidido, en situaciones que van más allá de simples juegos : “Or quand on travaille pour demain, et pour l’incertain, on agit avec raison; car on doit travailler pour l’incertain, et pour la règle des partis qui est démontrée.” (2)



(1) Citas : « La Lotería en Babilonia », Ficciones, de Jorge Luis Borges (in Obras Completas I, Barcelona : Emecé)

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